Historias Cimientos

La carta de Belén

En 2012, cuando no estaba ni cerca de trabajar en Cimientos, participé como voluntaria de un proyecto piloto de acompañamiento virtual para chicos que estaban cursando su último año de secundaria. Yo era “amiga” de Cimientos y ya había participado como voluntaria en una de las Jornadas de encuentro de becados. Y cuando me llegó la propuesta, me entusiasmó. Así conocí a Joaquín, a quien me asignaron para acompañar y desde entonces, forjamos un vínculo que continúa hasta hoy. 

 


 

Rápidamente pegamos onda. No había que conocerlo mucho para darse cuenta que era un crack: siempre dispuesto, responsable, expresivo, fresco. Ese año hablamos bastante. Hablamos sobre su futuro, y juntos pudimos pensar en opciones de formación universitaria: Joaquín decidió anotarse en la Universidad de Nacional de Quilmes para hacer Comercio Exterior. Hacia finales de ese año, después de haber intercambiado mensajes durante algunos meses, Joa me invitó a su fiesta de egresados. Berazategui no me queda cerca, pero me pareció que valía la pena ir a conocerlo personalmente y compartir con él ese momento. Fue muy lindo estar ahí y participar de esa celebración tan importante. A ese encuentro, le siguieron otros: fui a su escuela y a ver el acto de entrega de diplomas (en el que además había sido abanderado). En el verano de 2013 lo ayudé a preparar el ingreso a la Universidad. A veces venía él para capital, otras iba yo para zona sur y nos juntábamos a estudiar. Nos pasaron muchas cosas, de las lindas y de las feas. Perdimos a gente querida y celebramos juntos la llegada de nuevas personas a este mundo.

 

Hacía bastante que Joa y yo no estábamos pudiendo arreglar para vernos. Pero ayer, después de varios meses, pudimos coordinar e ir juntos a la cancha. Hizo mucho frío en el Monumental y encima perdimos contra Racing. Las crónicas dirán que, para los hinchas de River, fue una noche para olvidar.

Sin embargo, mientras volvía a mi casa y me lamentaba por los resultados de la fecha, pensaba en Joaquín y en mí. Y en Cimientos como posibilitador de estas experiencias. Y en la necesidad que tenemos siempre desde cada programa de medir todos los resultados y el impacto de cada una de nuestras acciones.Y en el abrazo que nos dimos con Joaquín en los alrededores del Monumental cuando nos vimos (un abrazo extenso y apretado, imposible de medir, cuantificar o evaluar).

Sólo escribo estas líneas para recordarles (y recordarme) que Cimientos tiene muchos más logros que los que habitualmente podemos ver. Que a veces nuestras acciones no alcanzan para que un chico termine la escuela secundaria con una trayectoria lineal, pero que eso no implica que no hayamos transformado la vida de ese chico (y del adulto que lo acompaña) en otros sentidos.

Solamente quería compartir con ustedes la alegría de haberlo visto ayer a Joa, y decirles que lo que hacemos siempre vale la pena. Sigamos midiendo impactos, evaluando y transformando los programas. Pero no nos olvidemos que en el medio hay muchos abrazos incuantificables que también le dan sentido a nuestra tarea.

Bel.

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